Reflexiones de la madre vintage: ¿Por qué lo llaman orden cuando quieren decir psicosis?

Siempre he desconfiado de la gente que no come chocolate, de lo que se pone de moda cada temporada y de la vecina simpática de las películas de serie B de las sobremesas de los sábados. Desde que cayó en mis manos “La Magia del Orden”, Marie Kondo tampoco me ha dejado muy tranquila. Las cosas como son.

Seamos claros y sinceros: una madre vintage es de guardar, como las fiestas, por múltiples y variopintos motivos como, por ejemplo, que todo vuelve y mucho más rápido si te deshaces de ello (el conocido efecto boomerang que tiene su aplicación más notoria en las dietas de adelgazamiento), que nunca sabes cuándo necesitarás 30 metros de cinta de raso color verde lima para algo,  y otras excusas que acaban resumiéndose en “no es Diógenes, es coleccionismo.”5364290569_4f8a9156ca_oSin embargo, queridos followers de mis entretelas, ésta que lo es adolece simultáneamente de un comportamiento paradójico y/o de contrastes debido al cual la acumulación de materiales y enseres innecesarios (que vienen a ser todos aquellos que no pueden ser guardados en orden y concierto en el espacio disponible al efecto) le genera ansiedad y estrés pre y post traumático. Así que por esto de que el saber no ocupa lugar (seguro que a Marie Kondo, sí) y que a la que suscribe no le gusta opinar sin tener información de primera mano, cayó en el error de leer el libro de marras. Si se estudió los programas electorales de Clinton y Trump, esto iba a ser pan comido. Libritos a la Wilson, bah.5356192073_0847d7d764_oDice Kon Marie que para vivir feliz hay que tener orden y paz interior (hasta ahí todo perfecto) y propone que saquemos todo lo que tenemos en todos los armarios por categorías y dejemos la casa como un campamento rumano. Que yo lo haría, pero cae la casualidad de que entonces inhabilitaría el acceso a los distintos puntos de mi hogar dulce hogar e impediría la libre circulación de personas, cosa penada por la ley y susceptible de provocar varias disputas domésticas entre ascendientes y descendientes por consanguinidad y afinidad e, incluso, por vecindad. Por no hablar de que la tarea en cuestión, el sacado, seleccionado y recolocado de todos los enseres es un proceso que, amén de producir un ruido visual merecedor de un cóctel de barbitúricos, exige la solicitud de varios días de vacaciones y/o asuntos propios, salvo que seas Mary Poppins y chap chap, o que te haya tocado el euromillón y dispongas de una plantilla a tus órdenes que se dediquen a ello. Y, oigan, respetos al máximo en ese y todos los aspectos,  yo comprendo que la Kondo esté como las maracas de Machín y toda su ilusión sea dejar su casa como si la hubieran desvalijado, pero perder mis vacaciones diciendo adiós a los trapos y sacando y metiendo cosas oligofrénicamente de armarios y aparadores, a mí, paz interior, ni una gota. Por lo que sea.Igual yo soy un poquito especial y suspicaz, no les digo yo que no, pero en mi casa, de toda la vida del Señor, la gente que hablaba con objetos tenía la cabeza un poco, por decirlo suavemente, regular. Que una cosa es hablar sola (sí, qué pasa) y contestarse (sí, también, qué pasa) y otra es pedirle perdón a los calcetines. Que no sé yo por qué tengo que pedirles disculpas con la trabajera que me dan, que me paso la vida  emparejándolos, que no sé si tengo una lavadora o el plató de MHYV y First Dates a 1000 r.p.m. O sentarme a despedir a mis camisetas y vestidos, abrazándolos y agradeciéndoles los servicios prestados, como si fueran un mayordomo o un coche de sustitución. Luego dice Obelix de los romanos, pero la japonesa también tiene lo suyo. Llámenme rara, pero no lo veo.5378284369_85e7cc9570_oLlegados a este punto, y reconociendo que, no sin escepticismo (si dudó Santo Tomás, no voy a haber dudado yo que ni soy santa ni ), intenté abrazar el método (otra cosa no, pero Kon Marie es muy de abrazar cosas), y ponerlo en práctica (sin hablar a los calcetines, eh, que una loca, sí, pero controla), archivé el libro en sentido vertical, después, claro está de haber llegado a la conclusión de que la Kondo es una especie de Jack Torrance del orden doméstico. Un Max Cady en El Cabo del Miedo tras su abogado en versión El Precio de la Historia. No es que ordene, no, es que los objetos le huyen y se le esconden como rubias en las películas de terror. Claro, así también yo.

Háganse cargo de mi desasosiego y mi falta de confianza. Y otra cosa que les comento: no lo tengo empíricamente demostrado ni puedo constatarlo fehacientemente, pero estoy por asegurar que a Marie no le gusta el chocolate. Como para fiarse.

¡Feliz Miércoles!

Mary Wilson

El pinchadiscos: Je vole.

Cuando la heredera era un rollizo bebé con la cabeza llena de caracoles y todavía aquello del ego no lo tenía claro ( y su lengua de trapo demostraba que todo lo demás, tampoco), cada vez que quería hacer uso de sus habilidades e independencia, fruncía el ceño y apartándonos decía “¡tú, tú!” porque, para ella, yo era tú, como si fuera una mezcla de su nombre y la primera persona del singular. Todo junto. Desde aquellos primeros pasos, se fueron sucediendo y ampliando las parcelas de autonomía personal con más o menos éxito de puesta en práctica. Ya ustedes saben: zapatos cambiados de pie, algún plato roto, salsa de tomate en la alfombra… Pero bravo bravo, campeones, como una mayor.

Y seguimos en ese camino, queridos followers, cada día un paso más y un milímetro de distancia que separa y acerca al mismo tiempo. Señalando el camino, pero aceptando que cada uno ha de recorrerlo a su manera, eso sí, dejando piedrecitas para no olvidar nunca cómo se vuelve a casa. Aprendiendo a volar unos y a soltar el cordel otros, comme il faut, y manejando a partes iguales un puntito de nostalgia con la satisfacción del deber cumplido. Ni es sencillo ni insensible, maifréns, pero en esta tarea estamos.

Ustedes me disculparán si vengo a estas horas a empezar la semana de una manera tan intensa, pero como decía Ortega (y Gasset también lo decía), mis circunstancias viajeras y el paso por la France hacen que la banda sonora de estos días sea francófona. Y luego una, que es muy moñas, añade el resto. Será el lumbago, las hormonas o la edad, que aunque la que suscribe lo siga petando, ya saben que es y está viejuna. Si quieren saber de lo que hablo, hoy les traigo una doble recomendación, Je vole, de la BSO de La Familia Bélier. Pasen, escuchen y vean, y luego me lo cuentan:

¡Feliz lunes!

Mary Wilson

Viernes: Metafísica Infantil.

Gimnasia en vacaciones:

“- Todos los días, me voy a la piscina climatizada a hacer unas pocas de acrobacias (sic). Lo que mejor me sale es el pino al revés…”

Piénsenlo bien. El pino al revés. El pino. Al revés. Una de dos: o lo de esta cabeza no está estudiado o se está quedando con esta progenitora a unos niveles estratosféricos. Exosféricos, diría yo. Mejor no despejar la incógnita.

¡Feliz Viernes!

Mary Wilson

El pinchadiscos: Friday on my mind.

No saben ustedes lo que estoy sufriendo, queridos followers de mis entretelas. En silencio, como el anuncio, pero en modo “mevaisamataradisgustos” también. Porque a la que suscribe le pasa como a Saza en Amanece que no es Poco y este vaivén no periódico de publicaciones, este choteo… miren, no. O sea, que sufro. Porque yo querría contarles muchas cosas, querría enseñarles muchos sitios, querría hacerles “de reír” (y a veces de llorar a chorros vivos), pero una no llega. Y la petición a los seres del más allá galáctico de venir a traernos tecnologías superiores que nos estiren los días y/o nos permitan la teletransportación o el desdoblamiento cuántico parece no surtir los efectos deseados, cosa que mi humilde pero a la vez vasto y atractivo intelecto no alcanza a comprender. Si ya estuvieron en Roswell, qué les costaba. Sería lo suyo.

Así que, como comprenderán, mis queridos lectores internáuticos, la madre vintage anda siempre con el fin de semana metido entre ceja y ceja. Que por otro lado es lo único que tiene, ya que el asunto de la depilación facial lo lleva por el libro. Pero el fin de semana la pone toda loca. Y más concretamente lo del viernes. It’s fraidei y se viene muy arriba. Ojo, en versión madre, muy madre y mucho madre: lo que viene siendo una mezcla entre un robot doméstico de los Supersónicos, una señora americana de los 50 que hace emparedados y una alta ejecutiva de la City terminando online sus briefings y multitaskings y toda la movida a tope de pagüer. Y así, amigos, puede explicarse lo suyo. Lo de la cabeza, digo.

El caso es que ayer falleció George Young (sí, el hermano de Angus) y yo, que llevo queriendo ponerles esta canción desde que terminaron mis vacaciones, allá por el siglo III a. C., no voy a tener mejor ocasión que ésta (y sí, acentúo el demostrativo porque me  porque me da la gana, como diría Don Leoncio Maestre en La Colmena). Podría esperar al viernes, pero qué más da, si dan vueltas en el pinchadiscos y en mi cabeza los Easybeats y Friday on My Mind:

¡Feliz Martes!

Mary Wilson