Reflexiones de la madre vintage: Dramas de una maruja 2.0.

Iba a titular la entrada de hoy con algo así como las excitantes aventuras de la maruja moderna, pero luego pensé que moderna, lo que se dice moderna, la que suscribe no es. Las cosas como son. Es más vieja que el papel de estraza, eso sí, teletransportada al siglo XXI por una de las naves de Roswell y reprogramada para vivir en el mundo 2.0, pero ni moderna, ni trendsetter, ni trending topic ni nada. Una vez me llamaron influencer, pero creo que se equivocaron al enviar el correo electrónico. O eso o se trataba de un medicamento para la gripe. No lo tengo claro aún. Por eso, maruja 2.0 define mucho mejor a la menda de puertas para adentro. De las de su casa, se entiende.12788327_937706819677586_492884527_oPor otro lado, lo de excitantes aventuras sonaba más a canal de adultos que a post materno – marujil, así que en un arrebato de cordura y estilo narrativo más cercano al realismo que a la novela fantástica y/o erótico – festiva, me decanté por el título que preside la entrada de hoy. Por ello y porque en verdad les digo que hay asuntos que son un drama. De los de llorar a chorros vivos. Juzguen por sí mismos:

Drama número uno: El bote del Pronto. Al margen del trauma que acarrea la retromadre desde su niñez por no poder emular a la señora del anuncio haciendo stage diving sobre una mesa de juntas y/o comedor de estilo Luis XIV después de rociar su superficie con el citado producto (o sucedáneo, no nos vamos a poner puristas con las marcas), es un auténtico drama que ni uno de los botes que hasta la fecha ha adquirido mantengan la capacidad de pulverizar en condiciones un chorro de lo que atesoran en su interior. En cuanto pulsas el botón cuatro veces, el canal de salida se obstruye y aquello, en lugar de esparcirse uniformemente cual lluvia en Sevilla, que es pura maravilla, es un churro auténtico de color blancuzco que no hay gitano que lo extienda en el mueble en cuestión. Tienes que poseer los brazos de Lou Ferrigno para poder abrillantarlo. Y quedas igual de verde tras el esfuerzo.

Drama número dos: Los botones. En alguna ocasión les he contado que en casa de la madre vintage no desaparecen los calcetines, no, son los botones. Ahora han tomado la determinación de pasar a la acción y no sólo se esconden en algún rincón de nuestro hogar donde tienen montada una rave que haría las delicias de Kiko Rivera. Si algún día por orden judicial registran nuestro domicilio les aseguro que no van a encontrar maletas con billetes: nos van a enmanillar por disponer de un piso patera de botones. Pero además, ahora ya han decidido atacar a propios y ajenos, desasiéndose de sus ataduras a su antojo, haciendo peligrar ojos y cristales allá por donde van. Y con la indiscreción de dejar en cueros al portador de la prenda. Que casi es lo más peligroso por el daño moral que puede causar al público de semejante espectáculo. Señores de las firmas de ropa, porfaplís, cósanme los botones con ahínco por el bien de la humanidad.12787533_937706833010918_1082224738_oDrama número tres: Los USB. Aprecie el lector lo evolucionado de la maruja en este punto, que no habla de clavijas, como una madre vintage cualquiera. No, es una maruja millenial y camaleónica que es capaz de adaptarse a cualquier ecosistema, glaciaciones incluidas. Pero que se lo pongan fácil, un poquito de por favor, señores de la NASA y de los inventos en general. Dejen ustedes de mirar a ver si hay vida en Marte, que aquí ya somos muchos, e inventen un conector que encaje hacia arriba y hacia abajo, que no hago más que trajinar con los dichosos cables. Esto con los enchufes no pasaba, hombre ya.

Drama número cuatro: Las máquinas expendedoras. No sólo de mochos vive la madre vintage. A veces sale de su madriguera a ver el ambiente. Y si hay una cosa que hay dramática ahí fuera es ese artefacto del diablo que son las máquinas expendedoras en general y las de bebidas en particular. No por su contenido, más propio de un complot contra la operación bikini y la salud pública, sino por su actitud chulesca y desafiante cuando el producto queda colgado al borde del abismo y al usuario se le pone cara de orco. Y un poco de tonto. Si además se trata de bebidas, es peor cuando llegan al destino, más agitadas que la vida de Yola Berrocal. Entonces, el riesgo es suyo: abrirlas y provocar una explosión atómica y refrescante a partes iguales, o morir de sed mientras aguardan a que se pase el efecto del trayecto. Un auténtico drama.

Drama número cinco: Las etiquetas. Rompamos una lanza a favor de las que adornan los botes de productos de higiene corporal, muy socorridos en momentos de intimidad en el baño, donde los fabricantes, en pro de la cultura popular, deberían incluir pasajes de los clásicos literarios y contribuir a enriquecer nuestro acervo. El resto podrían extinguirse, igual que las cucarachas, o limitarse a la mínima expresión, sobre todo en lo que a textiles se refiere. Y sé lo que están pensando: que podrían eliminarse de las prendas, pero cometerían ustedes un craso error. Contienen información de vital importancia para la supervivencia de las mismas. Mezclada con otra totalmente irrelevante, eso sí. Además, su exterminación supone una tarea de alto riesgo debido a que se encuentran cosidas al tejido con hilo de amianto sumamente resistente cuya extracción supone la desintegración del mismo en cuestión de segundos. Ustedes mismos, no digan que no estaban avisados.
12767823_937706836344251_1157325056_oEn estas, y otras, circunstancias, se encuentra la madre vintage. Háganse cargo de que su locura está totalmente justificada porque el mundo, el 2.0, la ha hecho así. Y quiéranla, que con dramas y todo, es buena gente.

¡Feliz Jueves!

Mary Wilson

 

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